El recorrido histórico es contundente. En 1937, cuando nació la CFE, México tenía apenas 457 MW instalados y no contaba con una red nacional integrada. Para 1997-1999, el país ya había construido una columna vertebral eléctrica con 35,651 MW de capacidad, 31,586 km de líneas de transmisión de 400 y 230 kV, 39,174 km de subtransmisión y 317,718 km de distribución. Pero Viqueira advertía que la falta de inversión, mantenimiento y ampliación de redes ya provocaba pérdidas, deterioro operativo y menor capacidad realmente disponible.

Esa advertencia no era menor. En 1990, las pérdidas de transmisión y distribución representaban 15% de la energía neta generada, cuando deberían ubicarse por debajo del 10%. Es decir, el problema no era solo construir centrales, sino evitar que la energía se perdiera o quedara atrapada por limitaciones de red.

Visto desde 2026, México es mucho más grande: ronda los 90,000 MW de capacidad instalada y supera los 110,000 km de líneas de transmisión. Sin embargo, la pregunta de fondo no ha desaparecido. La nueva presión viene del nearshoring, los centros de datos, la electromovilidad, la industria, las renovables y el almacenamiento. El sistema creció, pero también crecieron las exigencias técnicas, regionales y operativas.

Por eso, el mensaje de Viqueira sigue siendo actual: los MW instalados no garantizan seguridad energética si no existe infraestructura suficiente para evacuarlos, transportarlos y entregarlos con confiabilidad.

 

𝙈𝙚́𝙭𝙞𝙘𝙤 𝙣𝙤 𝙖𝙙𝙤𝙡𝙚𝙘𝙚 𝙙𝙚 𝙛𝙖𝙡𝙩𝙖 𝙙𝙚 𝙙𝙞𝙖𝙜𝙣𝙤́𝙨𝙩𝙞𝙘𝙤. 𝘿𝙚𝙨𝙙𝙚 𝙝𝙖𝙘𝙚 𝙙𝙚́𝙘𝙖𝙙𝙖𝙨 𝙘𝙤𝙣𝙤𝙘𝙚 𝙚𝙡 𝙧𝙚𝙩𝙤: 𝙜𝙚𝙣𝙚𝙧𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣, 𝙩𝙧𝙖𝙣𝙨𝙢𝙞𝙨𝙞𝙤́𝙣, 𝙨𝙪𝙗𝙩𝙧𝙖𝙣𝙨𝙢𝙞𝙨𝙞𝙤́𝙣, 𝙙𝙞𝙨𝙩𝙧𝙞𝙗𝙪𝙘𝙞𝙤́𝙣, 𝙢𝙖𝙣𝙩𝙚𝙣𝙞𝙢𝙞𝙚𝙣𝙩𝙤 𝙮 𝙚𝙛𝙞𝙘𝙞𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖 𝙙𝙚𝙗𝙚𝙣 𝙖𝙫𝙖𝙣𝙯𝙖𝙧 𝙟𝙪𝙣𝙩𝙤𝙨. 𝙇𝙖 𝙧𝙚𝙙 𝙣𝙤 𝙚𝙨 𝙪𝙣 𝙘𝙤𝙢𝙥𝙡𝙚𝙢𝙚𝙣𝙩𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙨𝙞𝙨𝙩𝙚𝙢𝙖 𝙚𝙡𝙚́𝙘𝙩𝙧𝙞𝙘𝙤; 𝙚𝙨 𝙨𝙪 𝙘𝙤𝙡𝙪𝙢𝙣𝙖 𝙫𝙚𝙧𝙩𝙚𝙗𝙧𝙖𝙡.