En Argentina, a más de 10 años de la cruenta lucha que comenzaron principalmente las y los mapuches del Neuquén (Vaca Muerta), la contaminación del fracking ahí realizado sigue representando una problemática ambiental, de salubridad, además de social y económica. Sabemos, por otras experiencias de pueblos y comunidades que han vivido proyectos de extractivismo intenso (ya sea de fractura hidráulica o de minería) que los estertores y de esas actividades se quedan en sus territorios mientras las transnacionales (Apache, Chevron, y Shell; entre otras) se van con todas las ganancias luego de que la productividad de los yacimientos y minas cae y no representa más un negocio.
Mapuche quiere decir “gente de la tierra”, y en efecto fueron los primeros en comenzar a luchar en contra del fracking, no por nada uno de los mayores cargos mapuches es el “Kona” que significa “joven guerrero”, mientras que las mujeres mapuches representan cargos políticos comunitarios de alto rango, conocido como “lonko”.
El fracking y sus defensores llegaron a atemorizar a su población en 2011 luego de que esta actividad fuera determinantemente prohibida en E.U.A y en Francia. Los animales que comenzaron a tomar el agua contaminada por dicha actividad comenzaron a morir, además de la muerte registrada de una mapuche. Se trataba de la lonko Cristina Lincopan quien murió por hipertensión pulmonar. Según los testimonios el aire tenía un olor a solvente.
El fracking produce calentamiento global por el metano que libera, además de la sustancia BC-200 que ocasiona corrosión/irritación de la piel, cáncer, toxicidad en sangre, hígado y timo, además del peligro constante hacia la vida acuática. Además, afectaciones al sistema nervioso, mareos, dolores de cabeza, fatiga, insensibilidad en miembros, pérdida del conocimiento, temblores, problemas reproductivos, altera funciones sexuales, infertilidad, anomalías genitales, y diabetes.
También ha causado temblores terrestres de hasta 5° en lugares donde antes no había. Socialmente ha producido una amplia estructura de desigualdades, dislocación de la economía previa, así como la transformación de comunidades originarias y rurales en ciudades commodity donde comienza a abundar la prostitución, la trata, la inseguridad y la adicción, además de la gentrificación que se ocasiona, producto de la adaptación socioespacial necesaria para sostener la forma de vida de trabajadores de dichas industrias cuyas epistemologías chocan con las que habitaban previamente los espacios que invaden.
La explotación de estos recursos no tiene por destino el autoabastecimiento de la nación de la cual se extraen dichos hidrocarburos, por el contrario, su destino forma parte de una estrategia geopolítica de acumulación dentro de esta “guerra global de energéticos”. En estas disputas de poder por ser el más brillante despojador, los magnates de esas naciones buscan afianzar su dominio como líderes monopólicos de reservas y de comercialización internacional.
Por si fuera poco, son sus mismas naciones las que más consumen hidrocarburos en el mundo y no las latinoamericanas, el consumo de gas en metros cúbicos por día en E.U.A. era hasta el año 2014 de 3 millones, en China de 1.6, en Japón de 747,000 y en Alemania de 445,000. Una vez más, como el penacho de Moctezuma (y una interminable lista), nuestros gobernantes ponen en venta al mejor postor nuestros bienes comunes. La realidad es que al desarrollo nunca le ha importado la socialización de los medios de producción, de lo contrario se llamaría socialismo y no desarrollo capitalista.
Urge que las ciudadanías globales comencemos a cuestionar y a frenar a nuestros gobiernos en cuanto a la dependencia social desde hace más de 150 años sobre la energía a partir de combustibles fósiles, urge también activar reflexiones colectivas sobre nuestras formas de vida. En caso de no hacerlo, es muy probable que las siguientes generaciones se enfrenten a un mundo apocalíptico, en el que el planeta tierra se transforme en ese escenario de devastación de la película The road, donde ya no hay comida, ya no hay animales, y los seres humanos deben comenzar a comerse entre ellos porque es tal la devastación natural que no queda más que comer, y sí, habrá quien concentre riquezas, pero si no hay más que comprar ¿de qué servirá tanta acumulación si al final todos estaremos despojados de lo más básico de la vida (agua, oxígeno, comida)?
En Argentina, hubo grupos que a pesar de todo lo anterior defendían el fracking y, al igual que nuestra presidenta Claudia Sheinbaum, se atrevían a decir que las sustancias liberadas eran inofensivas, pero nunca se atrevieron a tanto utilizando el oxímoron de “fracking sustentable”.